Mis muertos…

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Mis muertos…

Por: Juan José Rosales Gallegos

Morelia, Michoacán a 2 de noviembre de 2017.- Dudo que la muerte sea tan eterna como dicen, un viaje sin retorno a un lugar dónde los que llegan desaparecen. No creo que exista el cielo y el infierno, una recompensa o castigo por los actos cometidos en vida. Lo que hacemos aquí (bueno o malo) lo tenemos que pagar aquí. El término más allá está fuera de todo contexto o comprensión. Más allá, ¿de dónde? ¿de quién? No siento temor en un camposanto, no me dan miedo lo fantasmas, los espectros o los monstruos, figuras ridículas creadas por una imaginación torcida para negar algo que es inminente, todos vamos a morir. Si el ciclo es nacer, crecer, reproducirse y morir, entonces la muerte es parte de la vida, o la vida misma. Arrepentirse, cuando se agoniza, de todo lo que en vida no se hizo, es la peor estupidez. Para eso tenemos la vida, para vivirla, no para reprimirnos y evitarla; y la muerte llega y la debemos de recibir satisfechos.

“¡Que costumbre tan salvaje esta de enterrar a los muertos! ¡de matarlos, de aniquilarlos, de borrarlos de la faz de la tierra! Es tratarlos alevosamente, es negarles la posibilidad de revivir. … Habría que tener una casa de reposo para los muertos, ventilada, limpia, con música y con agua corriente”, escribió Sabines

Algunas veces, cuando cierro los ojos, reconozco el ruido de las llaves de mi abuelita Chayo, las ponía en su mandil, siempre usaba mandil y rebozo que combinaba con su pelo blanco y su piel morena. Su risa era sonora y sus ojos chiquitos; sus manos frías, sus dientes escasos. Vi a mi padre acariciarla en su ataúd, mientras prometía alcanzarla algún día.

La tía María, la abuelita Melus, Ramoncita y Lorenzo. Lentes, olor a cigarro, sonrisas, canas, caricias. Aquí están todos contando sus historias y viviendo esa vida que me mostraron.

Todos decían que Ricardo era un hombre rudo, muy cabrón. Tenía acento jalisquillo, escaso pelo y gustaba de usar botas. En uno de esos actos generosos de la vida, conoció a Rocío. En el transitar de su vida adulta, Rocío tuvo muy pocos motivos para sonreír, pero lo hacía constantemente. Fumaba, tomaba coca y de cada tres palabras dos eran una grosería; bailaba y cantaba. Se unió con Ricardo, tanto así, que uno no pudo vivir sin el otro. Todavía encuentro colillas de cigarro en el rinconcito de la cocina dónde las dejaban. Siguen apareciendo.

Don Rafael, mi abuelo, ya no podía hablar y la mayor parte del tiempo, por faltar la fuerza en sus piernas, permanecía confinado a un sillón. Solo nos miraba con sus ojos que habían visto ya tanto, que había leído tanto. Uno de esos días, por alguna razón, frente a él le di una nalgada a mi hija menor, que entonces tendría poco más de un año. Los ojos de mi abuelo de encendieron y por un momento se levantó del sillón e intentó lanzarse sobre la niña para protegerla. Siempre lo movió el amor por su esposa, sus hijos, nietos y bisnietos. Montaba en bicicleta y pedaleaba con el corazón

Un día descubrí a Alicia, mi abuela, mirando un retrato dónde aparecía con Rafael. Él de traje, ella con vestido blanco de cola y un sencillo tocado en su pelo. Siempre miraba esa foto enamorada. Volteó y pidió que le cantara, “Solamente Una Vez” …